Al final de un día ajetreado, cargado de bullicio enfermo, harto de la publicidad en las calles, me acosté en mi cama deshecha para una nueva sesión de sonidos binaurales.
Conciente de mi cuerpo, mi mente me trasladó de vuelta a la laguna de Ipala. Me recibió mi niño con ansias y una felicidad pacífica, aún con su suetercito verde de rayas, me tomó de la mano y así, sin mediar palabra alguna, apuntó con su dedito el camino que lleva hacia la cumbre.
Luego, fui conciente otra vez.

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