Lentamente comenzó a organizar
sus ideas, entonces fue posible el inicio de su reflexión profunda acerca de
cómo había echado todo a perder, si lo único que quiso Daphne toda su vida fue
una boda de calendario y convertirse en la protagonista de la Historia de Amor
de entre sus compañeras de la escuela, de su familia y de su promoción. Soñó por mucho tiempo, en alguna etapa de su
vida, con una casa de puerta roja con cerca blanca, un árbol en el patio de
enfrente con un columpio de llanta. Su
primogénito, la nena y su marido sentados alrededor del desayunador blanco de
su cocina de ángulos exactos, todos ellos tan bien peinados, tan bien
lustrados, tan pulcros ellos. Su esposo despidiéndose de ella con un beso
intenso, tal como lo fue el primero, justo después del desayuno en
familia. Comieron panquecas con jalea de
fresa, jugo de naranja recién exprimido y fruta de la temporada aquel día que
no había sucedido más que en su mente.
Daphne con una hermosa falda de tres cuartos color rojo carmesí que
contrastaba deliciosamente entre su cerca blanca como la nieve y el verde
fresco del césped del frente. A medida
que Daphne y el perro Fido que era otro miembro, se despedían desde el pórtico
de su familia que se marchaba a sus actividades del día, se percataba de que la
escena era tan perfecta que parecía estar todo hecho de plástico y de
cera. La película era muy digna de los
años 50.
¿En qué momento falló?, ¿Cómo
demonios llegó a ocupar un espacio tan lúgubre y frío?... ya Daphne no podía
recordar si en algún momento genuinamente fue feliz.
Con la mirada fija en las
cortinas, tan pálidas e inmóviles, sumergida en la ausencia de cualquier otro
sonido aparte del tinitus, carente de sensación de gusto y de olfato, solo
podía pensar allí sentada, así calladita, sin llorar ni nada... y es que en su
mente ya solo había espacio para las interrogantes: ¿Cómo?... ¿Por qué no
plancha mejor la ropa?... ¿Por qué no puede ser más complaciente?... ¿Por qué
le gusta tanto bailar?...
- Bailar es acto del demonio – racionalizó en su mente por unos segundos.
Conmiserándose, inició el proceso
de flagelación por su falta de tolerancia.
Pero es que en el fondo sabía que había algo anti natural con que su
marido la quisiera filmar mientras la penetraba con una zanahoria. Se sentía mal por no poder encontrar el gusto
a ser ahorcada por su propio esposo mientras hacían el amor.
-¡Cómo he sido de desconsiderada
con Renato!- pensó.
Con cierto temor levantó su mano
izquierda para palpar su rostro, hinchado y deforme, caliente al tacto y de
piel dura, húmedo de a ratos y áspero de a otros cortesía de la sangre.
Lentamente se fue adentrando el
dolor en su cara, en sus encías y la dificultad para respirar. Curiosamente aparecía de nuevo el deseo
profundo de otro azote del Renato. Le
encantaba a Daphne cuando Renato le hacía perder conciencia con un solo
azote. De esa forma, dejaba de sentir
dolor, aunque sea por un momentito. Estaba casi segura de que se lo
merecía por culpa de una condición de ineptitud crónica, culpa de un certero
retraso mental, uno del que nadie se había enterado hasta que Renato se lo
diagnosticó, y posteriormente, convenció.
Entonces Daphne lo tuvo bien
claro.
- - Pero qué tonta he sido - se reclamó.
Con gran determinación se fue
poniendo de pie e incorporándose con sumo dolor, motivada, empoderada. Se dio una ducha para quitar las costras y la
sangre. Se arregló lo más linda que pudo
dentro de la circunstancia, tratando de replicar el día en que se
conocieron. Puso a Sade en el cd player y se
decidió a cocinar con amor… para él. Ya
todo estuvo listo en un momento: el maquillaje, las velas, el pollo a la
parmesana, el vino, el negligé y sobre todo, la esperanza.
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El reloj marcaba las 4 y tantas
de la mañana cuando entró Renato. Él ya
no sabía si se trataba de un delirio más de su bastante enraizada borrachera
aquella escena sacada del museo de cera… una muestra de amor fija e inmóvil en
el tiempo y el espacio. Un nuevo montaje
en el Museo de Cera. Su neurosis, sin
embargo, no le permitió ver más allá del obstáculo hasta su cama, solo
desconcierto.
Entonces Renato, al que no le
gusta las sorpresas, localizó a su mujer, sentada en la mesa, con la mirada ya
perdida en su persona, el rímel mezclado con el hematoma en sus pómulos y las
cicatrices, corrido sobre éstas de hacía ya varias horas de llanto.
-¡Pero ¿qué carajos crees que
estás haciendo mujer?!-
-¡¿Acaso no te he dicho que no
estés gastando en tus estupideces?!-
-¡De plano esperando algún otro hombre verdad maldita zorra!-
-¡¡Soltá ese cuchillo y te vas a
la cama ya!!-
- ¡¡¡ QUE SOLTÉS EL MALDITO
CUCHILLO TE DIGO!!! –
Fin.

Buenísimo mano! Felicitaciones... aunque por poco me empalago con la cerca blanca, la falda roja y el nombre del perro, pero en serio que está buenísimo
ResponderEliminarMuy interesante vos, lo que más me llamo la atención es la facilidad que le dan las palabras al lector para poder transportarse y estar a la par de la protagonista, observando y casi sintiendo esas vivencias que acontecen en el momento.
ResponderEliminarEstá calidá vos, seguí adelante, vas por buen camino.
Saludos!!