martes, 2 de abril de 2013

Daphne

Daphne se encontró a sí misma sentada a la orilla de la cama.  Su habitación se veía blanca pero no de limpieza o pureza, sino blanca por ausencia de color.  Mantenía un tinitus que prolongaba su letargia y dentro de ese espacio, dentro de este abismo mental, existía un torrente  que se llenaba de pensamientos obsesivos que venían tan rápido y en tal cantidad que provocaba en Daphne la sensación de tener la mente en blanco. 

Lentamente comenzó a organizar sus ideas, entonces fue posible el inicio de su reflexión profunda acerca de cómo había echado todo a perder, si lo único que quiso Daphne toda su vida fue una boda de calendario y convertirse en la protagonista de la Historia de Amor de entre sus compañeras de la escuela, de su familia y de su promoción.  Soñó por mucho tiempo, en alguna etapa de su vida, con una casa de puerta roja con cerca blanca, un árbol en el patio de enfrente con un columpio de llanta.  Su primogénito, la nena y su marido sentados alrededor del desayunador blanco de su cocina de ángulos exactos, todos ellos tan bien peinados, tan bien lustrados, tan pulcros ellos. Su esposo despidiéndose de ella con un beso intenso, tal como lo fue el primero, justo después del desayuno en familia.  Comieron panquecas con jalea de fresa, jugo de naranja recién exprimido y fruta de la temporada aquel día que no había sucedido más que en su mente.  Daphne con una hermosa falda de tres cuartos color rojo carmesí que contrastaba deliciosamente entre su cerca blanca como la nieve y el verde fresco del césped del frente.  A medida que Daphne y el perro Fido que era otro miembro, se despedían desde el pórtico de su familia que se marchaba a sus actividades del día, se percataba de que la escena era tan perfecta que parecía estar todo hecho de plástico y de cera.  La película era muy digna de los años 50.

¿En qué momento falló?, ¿Cómo demonios llegó a ocupar un espacio tan lúgubre y frío?... ya Daphne no podía recordar si en algún momento genuinamente fue feliz.

Con la mirada fija en las cortinas, tan pálidas e inmóviles, sumergida en la ausencia de cualquier otro sonido aparte del tinitus, carente de sensación de gusto y de olfato, solo podía pensar allí sentada, así calladita, sin llorar ni nada... y es que en su mente ya solo había espacio para las interrogantes: ¿Cómo?... ¿Por qué no plancha mejor la ropa?... ¿Por qué no puede ser más complaciente?... ¿Por qué le gusta tanto bailar?...
-  Bailar es acto del demonio – racionalizó en su mente por unos segundos.



Conmiserándose, inició el proceso de flagelación por su falta de tolerancia.  Pero es que en el fondo sabía que había algo anti natural con que su marido la quisiera filmar mientras la penetraba con una zanahoria.  Se sentía mal por no poder encontrar el gusto a ser ahorcada por su propio esposo mientras hacían el amor.

-¡Cómo he sido de desconsiderada con Renato!- pensó.

Con cierto temor levantó su mano izquierda para palpar su rostro, hinchado y deforme, caliente al tacto y de piel dura, húmedo de a ratos y áspero de a otros cortesía de la sangre.

Lentamente se fue adentrando el dolor en su cara, en sus encías y la dificultad para respirar.  Curiosamente aparecía de nuevo el deseo profundo de otro azote del Renato.  Le encantaba a Daphne cuando Renato le hacía perder conciencia con un solo azote.  De esa forma, dejaba de sentir dolor, aunque sea por un momentito. Estaba casi segura de que se lo merecía por culpa de una condición de ineptitud crónica, culpa de un certero retraso mental, uno del que nadie se había enterado hasta que Renato se lo diagnosticó, y posteriormente, convenció.

Entonces Daphne lo tuvo bien claro.

-         - Pero qué tonta he sido - se reclamó.

Con gran determinación se fue poniendo de pie e incorporándose con sumo dolor, motivada, empoderada.  Se dio una ducha para quitar las costras y la sangre.  Se arregló lo más linda que pudo dentro de la circunstancia, tratando de replicar el día en que se conocieron.  Puso a Sade en el cd player y se decidió a cocinar con amor… para él.  Ya todo estuvo listo en un momento: el maquillaje, las velas, el pollo a la parmesana, el vino, el negligé y sobre todo, la esperanza.

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El reloj marcaba las 4 y tantas de la mañana cuando entró Renato.  Él ya no sabía si se trataba de un delirio más de su bastante enraizada borrachera aquella escena sacada del museo de cera… una muestra de amor fija e inmóvil en el tiempo y el espacio.  Un nuevo montaje en el Museo de Cera.  Su neurosis, sin embargo, no le permitió ver más allá del obstáculo hasta su cama, solo desconcierto.
 
Entonces Renato, al que no le gusta las sorpresas, localizó a su mujer, sentada en la mesa, con la mirada ya perdida en su persona, el rímel mezclado con el hematoma en sus pómulos y las cicatrices, corrido sobre éstas de hacía ya varias horas de llanto.

-¡Pero ¿qué carajos crees que estás haciendo mujer?!-

-¡¿Acaso no te he dicho que no estés gastando en tus estupideces?!-

-¡De plano esperando algún otro hombre verdad maldita zorra!-

-¡¡Soltá ese cuchillo y te vas a la cama ya!!-

- ¡¡¡ QUE SOLTÉS EL MALDITO CUCHILLO TE DIGO!!! –

Fin.






2 comentarios:

  1. Buenísimo mano! Felicitaciones... aunque por poco me empalago con la cerca blanca, la falda roja y el nombre del perro, pero en serio que está buenísimo

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  2. Muy interesante vos, lo que más me llamo la atención es la facilidad que le dan las palabras al lector para poder transportarse y estar a la par de la protagonista, observando y casi sintiendo esas vivencias que acontecen en el momento.
    Está calidá vos, seguí adelante, vas por buen camino.

    Saludos!!

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